Dos noches más tarde, con una kefiyah envolviendome el cuello, nos dirigimos hacia allá.
Apenas cuatro mesas, una de las cuales estaba ocupada por el director de Le Figaro con su última amante.
Fanfan, bajito, canoso y con unos lentecitos en la punta de su nariz apenas si nos espetó un 'salaam aleikum" e inmediatamente se dedico a servirnos el cous-cous más espectacular que probe en mi vida.
No era el instantáneo, sino ese cous-cous que lleva horas de amasar entre las manos e hidratar hasta que se arman los minúsculos corpúsculos que le dan cuerpo.
Primero los deliciosos vegetales_zanahorias, nabos, salsifies, garbanzos y otros, con los que habia vaporizado amorosamente el cous-cous y el caldo necesario para que el cereal se hinche y crezca, junto con una harissa endiablada pero irresistible.
Luego, las brochettes de pré-salé, más que rosadas y excepcionales, de las que nos mandamos dos cada uno.
Al finalizar nuestra segunda botella de un menos que mediocre tintillo de los Montes Atlas y en mitad del trámite de comernos unas maravillosas mandarinas que flotaban enteras en contra de la ley de la gravedad en un almibar perfumado con agua de geranios y servidas con hojitas de menta escarchadas, Fanfan me encaró torva e inesperadamente y me preguntó de que pais era yo. Al decirle que de la Argentina, su seguna pregunta fué "Es ce que'il existe une comunnaute juive marrocaine lá?"
Me quedé helado: Fanfan me habia descubierto y ahora sólo quedaba esperar la muerte por explosión.
Rodolfo me miró y-tirandome un salvavidas-le contesto que yo no entendia ni una palabra en francés. Y dandole un rapidisimo giro a la conversación, le preguntó a su vez porque el restaurante habia estado cerrado la semana anterior, a lo que Fanfan le dijo "pour que c'estait Pessach, naturellment!".
Moraleja: cuando veas a un árabe terrible usando anteojitos en la punta de la nariz, come tranquilo. Lo que tiene bajo el delantal no es una bomba sino el boij.