Ciertamente su inventiva se extendía a otras áreas: fue, sin duda, el inventor de la Recoleta. Antes, la Recoleta era “el barrio que estaba frente al cementerio”. Cuando el Gato inauguró su primer restaurante en la calle Junín, se transformó en otra cosa que hoy, por cierto, ha perdido. Digamos que el Gato fue el abuelo del fashion, el creador de una determinada cultura urbana que, adecuada a los tiempos, existe hoy y delata su origen. Dumas era asimismo un maestro, en el sentido de educador, de formador de cocineros. Cociné muchas veces con él en su casa de Pilar: con ese modo un tanto desordenado, desbordante y apresurado, tenía el pulso firme, las ideas justas, el manejo de los ingredientes adecuado. Era un maestro de la creatividad y de la espontaneidad, que son las cosas más difíciles de enseñar. Una receta la enseña cualquiera, pero a cocinar es otra cosa. Y el Gato fue un excelente formador de discípulos. Por eso, a pesar del ruido que genera lo mediático en una cultura visual como la nuestra, es probable y lamentable que muchos los recordarán por su trabajo en la televisión, y cuando se diga que su contribución a la cultura gastronómica y urbana porteña es esencial, sonreirán. Como muchas veces pasa con los artistas, se los congela en una actitud y no se ve lo que hicieron y lo que fueron realmente en su mejor época.
