Primer traba: la reserva. Sólo se puede reservar hasta las 20 y 15 hs. Quién sale a cenar a esa hora un sábado a la noche? Si uno es extranjero y está acostumbrado a cenar a las 7 de la tarde, no hay problema, pero ése no es nuestro caso.
Segunda traba: la espera. Fuimos con paciencia alrededor de las 21 y 30 hs a sabiendas de que íbamos a esperar. Tiempo estimado: 50 minutos. Bueno, a sentarnos, entonces. El problema era dónde. Si bien el restaurant es muy grande, la entrada es un lugar minúsculo con unos pocos silloncitos y un mundo de gente también esperando.
Tercerar traba: la incomodidad. En otras sucursales te ofrecen una copa de champagne o un trago, generalmente un bellini o un Gancia con limón. Acá: nada. La copa de champagne está disponible, pero hay que ir a buscarla a la barra. No tienen la gentileza de alcanzártela. Y eso sí, siempre y cuando haya copas disponibles. Anoche, por supuesto, no había.
La espera de 50 minutos se transformó en 1 hora y 20'. Se imaginarán de qué humor estábamos en ese momento.
Nos sentamos en un box para 6 personas, rodeados de mesas enormes llenas de gente que hablaba a los gritos. En estas circunstancias entablar una conversación era algo heroico. A estas alturas, las caras nos llegaban al piso, por no ser grosera y hablar de otras partes anatómicas (que también estaban por el piso).
Nos trajeron la panera, que generalmente es muy sabrosa. Acá: NO. Esas galletas de parmesano no son de parmesano sino de oliva. Los pancitos vienen recalentados (léase: viejos). Esa factura tan rica que a mi Pichi le encanta, en esta sucursal es inexistente. El dip no tiene identidad. En fin...
La comida que nos trajeron no era la que habíamos pedido. Disculpas mediante por parte del mozo, 15' después pudimos disfrutar de nuestros platos. Las pastas estaban ricas, sí, pero les faltaba algo. Será que seguíamos de mal humor?
No teníamos ánimo para ningún postre, así que pedimos directamente té y café. En otras sucursales te los traen con una coqueta bandejita con bocaditos muy sabrosos. Acá te tiran un platito de morondanga y arréglatelas.
Finalmente pedimos la cuenta que trajo uno de los "encargados". Ante la pregunta obligada: "todo bien?", le respondimos que NO, que lo del horario de las reservas es ridículo, que la espera había sido intolerable, etc. Qué puede haber respondido este señor? Que "la gente de zona norte llena el lugar a las 20 hs de la noche y que, si hacen reservas para más tarde, les quedan mesas vacías que la gente reclama", que "en esta zona las sobremesas son muy largas porque no hay otras cosas para hacer después de cenar como en capital", etc, etc. Mentalidad cuadrada.
De la copita de lemoncello que te ofrecen en las otras sucursales, acá olvidate. Y como broche de oro: hay que hacer cola para entregar el ticket del auto. Por supuesto, también hay que esperar. Si llueve o hace frío, bancátelas, porque no tenés dónde guarecerte.
En definitiva: NO VOLVEREMOS NUNCA MÁS.
Ya están avisados. Si van a ir, estén preparados para esperar largo tiempo parados en un lugar incómodo, sin ninguna gentileza, a comer en medio de un ruido infernal y a tratar de conversar a grito pelado. Todo esto en una coqueta ambientación estilo baño, con azulejos blancos en las paredes y maderas de mala calidad.


