Recurrentemente y más o menos una vez por siglo, la moda gastronómica vira decididamente hacia el ridículo,
Desde que Cleopatra disolvía perlas en vino (o más bien en vinagre), la búsqueda de la extrema originalidad sucedió recurrentemente en las sociedades.
Comenzando por los caprichos de Lúculo, y pasando por las excentricidades bizantinas y medioevales y las estúpidas modas de los sucesivos Capetos, de la Restauración, etc., con insumos disfrazados de otros, urogallos presentados con sus plumajes, corderos asados pintados con oro y otras sandeces, el genio humano no cesa en la búsqueda perversa de inventar presentaciones y combinaciones retorcidas para cautivar imbéciles que las paguen.
En mis momentos de autoflagelación abro_mientras contengo la respiración_ la página de Lo Mejor de la Gastronomía, aposentada, como no podía ser de otra manera, en la patria de Adrián Ferrá (he decidido llamarlo así para ser yo también original) y esperando que algún atisbo de sensatez haya vuelto a soplar en ella. Pero no. El reinado de lo kitsch, del mal gusto llevado a la exasperación sigue su curso en conquista del mundo.
Aquí copio alguno de los platos de estos verdaderos Liberace de la gastronomía, de los Richard Clayderman y Versaces de la toca blanca, que dejan boquiabiertos a los horteras y a las señoras gordas que componen el 98% (y soy indulgente) del universo conocido. O sea a los ignorantes, causantes_como se sabe_ de todos nuestros males.
Ostras con aloe vera, nube de hinojo y piña y granizado de anís y lima.
Chuleta de ternera con champiñones y royal de cafe.
Cigalas cocidas al aroma de humo con chantilly de leche de cabra y mantequilla de naranja sanguina a la galanga.
Salmonete con cristales de escamas comestibles, consomé de pepino, emulsión de tomate con aguardiente de sidra y coliflor cruda.
Y me cago en dios.
