Evidentemente las recetas no nacen en los fogones, sino en la imaginación de los cocineros y siempre, pero siempre, nacen como consecuencia de imaginar unir apenas dos productos y recién después de esa piedra fundacional la mente del cocinero va agregándole otros que cree que combinarán.
Los fogones recién llegaran para probar que lo imaginado era correcto.
Quiero creer que cuando Brillat-Savarín crea el que quizá sea uno de los platos más complicados de la cocina occidental, lo primero que se le ocurre es juntar algunas piezas de caza con carnes de animales domesticados. Sueña, quizá, con un faisán y con mollejas de ternera. O cambia a ese faisán por un par de perdices e hígados de pato. Y así, sumando ingredientes que SABE que van a funcionar perfectamente entre sí, termina creando su Oreiller de la Belle Aurore, que si mal no recuerdo llevaba como cincuenta ingredientes.
Mucho más modestamente, cuando en vez de copiar alguna preparación o de recordar un plato comido en algún lugar y tratar de recrearlo, imagino una receta, hago eso.
Se me ocurre, de pronto, que unas rodajas de fior de latte tendrían que combinar más que bien con una tapenade. Recién después de establecer ese cimiento, me digo que le falta algo crocante, entonces agrego zanahorias ralladas y repollo en juliana. Pero como son muy secos le agrego mayonesa. Pero sigue faltándole esa malicia de la que tanto se habla. Por ahí se la aporta la rúcula... Y que todo eso debiera estar entre dos rodajas de pan tibio de kümmel...
Así nació el Lady Sandwich que está ahora en el menú de Mamá Europa.

Una vez soñé, literalmente, una receta.
Soñaba que mezclaba alcauciles con atún.
Al despertarme supe que esa combinación funcionaría.
Siempre en la cabeza, le agregué anchoas (pura lógica), aceite de oliva y ajo.
En ese momento me pareció curioso que todos los ingredientes empezaran por la letra "A".
Entonces y con la audacia que siempre me ha caracterizado, le eché mentalmente a la preparación aceitunas negras picadas. Ya desatado, sumé alcaparras.
Ya en la cocina, herví esos alcauciles, piqué sus corazones y los mezclé con el atún deshecho, las anchoas hechas puré, las alcaparras y las aceitunas en pedacitos, destrocé dos dientes de ajo y cocí todo suavemente con aceite de oliva.
Cuando esa crema gruesa se terminó de consolidar, la sartenée con unos penne rigatti y se los serví a mi mujer, quién después de probar el maraviloso plato que había soñado, me miró con desprecio y me dijo "podría haberle puesto ají molido, no? Ya sabés que a mi me gusta la comida picante"
Y así fué como los Penne a las Siete "A" terminaron teniendo ocho.
Algún dia los invitaré a comerlos y verán un sueño hecho realidad.