Pero no hay tanto acuerdo sobre la metodología a seguir para lograrlo.
La SEP pone clases de civismo, los padres campechanean caricias y cachetadas, el Congreso de la Unión nos receta unos mensajes más o menos contundentes, y el Consejo de la Publicidad nos da... claro, consejos, que a veces hasta se entienden.
Yo quiero aportar también lo mío a tan noble empeño. Creo que nadie llegará jamás a ser un ciudadano digno y meritorio, no por lo menos de este país, si no aprende desde la más tierna infancia a comer decentemente.
Quien no desarrolla un paladar aventurero no sólo se perderá de las mejores cosas de la vida, sino que tampoco llegará a tener una mente abierta a lo nuevo, desprejuiciada y audaz. No se puede amar a un prójimo cuya comida no se prueba, ni ser tolerante con lo novedoso cuando no se cata lo desconocido.
Si a uno le van dando por ahí de los tres o cuatro meses las primeras probaditas de alimento sólido y le acomodan las indecentes papillas industriales (la inevitable trilogía pediátrica de manzana, pera, plátano); si al siguiente mes tratan de que se trague, salidas directamente de un frasco, perfectamente esterilizado, eso sí, unas cucharaditas de zanahoria, calabaza o chícharos, y si treinta días más tarde empiezan con unas sustancias pastosas de olor y color indescriptible (del sabor no es posible empezar a hablar, siquiera), etiquetadas como pollo con vegetales, jamón o ternera, ¿de verdad esperamos que llegue algún día a ser una persona de bien? ¿Que un inocente de quien se aprovechan la madre, la mercadotecnia y los médicos responsables del cuidado de la infancia esté dispuesto, en un futuro no muy lejano, a ser un dechado de virtudes cívicas?
Hasta en el más capitalista de los supermercados de México se encuentran todos los días no menos de dos o tres variedades de plátanos, otras tantas de manzanas rojas, verdes y amarillas, y por lo menos dos de peras. No se diga ya si se va uno a un buen mercado, donde podrá escoger entre plátanos tabasco grandes como cachiporras, dominicos diminutos como dedos, plátanos manzanos, o morados (no se me olvidan los plátanos macho, claro, pero eso mejor que por ahora se los vaya comiendo bien fritos, con su azúcar y su crema, la mamá del angelito; no creo que entren en el cuadro básico de la pediatría nacional). Y vienen perfectamente esterilizados dentro de su envase. Pélese, ráspese con la pinta de la cucharita y adminístrese. Con todo su aroma, con el olor intenso del trópico, con una textura que en nada se parece a ese mucílago repugnante que sale de los frasquitos.
La pera y la manzana requieren elaboración previa, lo reconozco, pero es mínima: pelar, cortar, poner en un cacharro limpio con tantita agua y azúcar (si el pediatra es de la escuela más fundamentalista, sin azúcar, pues), cocer unos minutos, aplastar con el tenedor...¿Qué tiene de inquietante el procedimiento? Desde luego se tarda menos que en ir a comprar los méndigos frasquitos. (Ésta, claro, es una falacia, porque habrá tenido que ir a comprar la fruta. Pero tal vez, sólo por hoy, podamos dejarla pasar.)
Y más o menos eso es lo que tendrá que hacer con todo lo demás durante los siguientes meses.
Negocie la sal con el pediatra. Y negocie con él también la pimienta, que a su crío le encantará. El ajo, en cambio, no es negociable: tiene que prepararle el pollo y la ternera y el jamón cocido con ajo. Por mí, si le pone ajo a los ejotes, chayotes y calabazas, tanto mejor. Estará usted criando a un buen ciudadano y un amante de las verduras, todo al mismo tiempo.
Y, por supuesto, a partir del primer año (o si no le tiene demasiado miedo al médico, mucho antes) comience la verdadera formación ciudadana del bebé: una probadita de queso brie, tres hebritas de buen jamón serrano, una puntita de anchoa en salmuera. Para el mole negro, los acociles y los tacos sudados puede esperar. Pero, por favor, no vaya a esperar demasiado.
