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Este año, como regalo de cumpleaños, me invité unos días a Mendoza. Junto a algunos amigos visitamos bodegas y restaurantes con el siguiente resultado.
Luego de tres años volví a la Posada del Jamón, en Tunuyán, para reencontrar el mejor cerdo a la parrilla que recuerde. Chorizos y morcillas perfectos, punta, costillas y manta en su punto justo. Para colmo, la carta de vinos es muy amplia y con precios -muchas veces- inferiores a los de bodega (Quimera 2005 a $125.-, en bodega, en P del J. a $145.-). Mi única crítica es que cierran a las 17:30 hs. Repitiéndome, volví con una pata de jamón bajo el brazo fue finamente catada por algunos foristas, demostrándose una vez más la clara superioridad gastronómica de Mendoza por sobre San Juan.
Achaval Ferrer: De la mano de Roberto Cipresso, esta bodega produce vinos de altísima calidad -y precio- muy reconocidos en el extranjero y por los enófilos locales. Hablamos de vinos que parten de los 65 mangos (Malbec mendoza), pasan por los ciento y tantos que cuestan los magníficos Quimera y superan los trescientos largos con sus Finca Altamira, Mirador y Bella Vista. De ahí que los U$S 10.- que -teoricamente- se cobra la visita y degustación resulten razonables, máxime cuando los descuentan de la compra que se realice. La visita incluye un recorrido por la bodega y explicación detallada de los procesos utilizados en las viñas y elaboración de vinos, también nos hicieron probar el jugo de un tardío de malbec, luego de un día de fermentación. En la mesa de degustación no pijotean con las muestras y se pueden degustar todos los vinos que producen, incluso los de precios más elevados (Gracias Martín Buschi por el dato).
Catena Zapata: Coordiné la visita con su enólogo jefe Alejandro Vigil,. a quien conocí por medio del Foro del Vino. Nos recibió junto al director de viñedos Alejandro Sejanovich. Ya conocía la bodega, pues años atrás hice la visita destinada a turistas. Desde el comienzo la cosa fue diferente, los tipos nos trataron como a viejos amigos y nos hicieron conocer sus experimentos de micro vinificación, la fermentación en vines -unos canastos plásticos grandes- y todo el proceso de elaboración en bodega. Ale Vigil es un fulano sin contractura artificial, muy agradable, llano y directo, junto a Sejanovich nos contaron su secreto, y es que fundamentalmente y sin perjuicio de carreras y postgrados esta gente consume vinos. En la charla estuvieron ausentes palabras como "retrogusto", "regaliz", "montura sudada", "terroir", "el vino como arte" y demás expresiones sobre exigidas y comunes a este medio. Se apasionan con lo que hacen y eso resulta evidente. Luego de ver el laboratorio de la bodega, A.V. tomó una manguerita, nos dió una copa a cada uno y nos llevó a las cavas donde guardan las barricas de roble. En ese lugar, rodeados de barrilitos empezamos lo que sería el punto culmine de nuestro viaje, tomando a pié de barrica los mismos vinos que un día después harían probar al catador de Wine Spectator. (¿Millar?). Tomamos un malbec de Altamira con cinco años de barrica, un pinot increíble con tres años, el cabernet que recibió 98 puntos en W.S., Ale Vigil siempre con la actitud del amigo que ofrece lo mejor de su casa. Si hasta nos hicieron conocer "El Ilo" y nos cargaron con botellas de Catena Alta para que no nos falte en el almuerzo. De la quincena de bodegas que llevo visitadas, incluidas algunas del extranjero, fue lejos la mejor experiencia por calidad de muestras y especialmente por la calidad humana de los anfitriones.
El Ilo: ¿Pueden imaginarse un restaurante al pié de la cordillera de los Andes (de nuestro lado) donde sirvan langosta, centolla, machas y demás mariscos a un precio razonable? Una grata sorpresa, lugar sencillo con atención agradable donde el acento está en los platos, su preparación y frescura. El dueño tuvo comederos en Perú y Chile, y cruza la cordillera semanalmente a buscar productos. En Tupungato.
Don Mario: Recomendada por los mendocinos como la mejor parrilla, me pareció excesivamente cara y con carnes de regular calidad. (porción de asado $48, para una pers.). Parrilla Peña, sin ser la mejor, le pasa el trapo.
El Retortuño, lamentablemente, dejó de existir.
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