El brunch (desayuno tardío del ocioso remolón) es la escena natural de un Palermícola como il faut. Claro que el cafecito de la esquina es un dely (delicatessen) que sólo sirve café kenyano. Este restó gourmet fascina al Palermígena pero también lo asusta, pues se cree virgen de experiencias étnicas. Y se equivoca: si toda la vida comió en McDonalds: ¡comida étnica norteamericana! Finalmente se anima y entra para experimentar en vez de un viaje de sabor una sorpresa deceptiva: ¿valía la pena dar la vuelta a la ciudad para terminar comiendo una comida de título largo y porción corta, de nombre poético y apariencia prosaica, en plato caliente y ingesta fría?

En territorio gourmet no hay espacio para el glotón. En Palermo es dificilísimo comprar golosinas: son pocos los kioskos “stores” pero laburan mucho. “El kiosko de la plaza Serrano es el negocio que más mueve en todo el fin de semana”, se sinceraba un pionero gastronómico. Pero así como en otros barrios hay maxikioskos (locutorio, internet, pancho, café) aquí la ecuación polirubro se traduce en multiespacio arte/moda/café/zapatos. ¿Y si sólo queremos tomar café con café y acompañado sólo de café: sin música, sin libros, sin arte? ¡Sagrado Corazón de Phillipe Stark, libéranos del confort y condúcenos a un pizza café con potus colgantes! La plegaria es imposible: hasta los cartoneros del barrio se han sofisticado. Tanto tiempo haciendo puerta en la Papelera Palermo que hoy sólo recogen cartones de papel de arroz y jamás levantarían del piso un O.D.N.I (objeto de diseño no identificado).

Pero estando en el teatro de operaciones, ¿cómo reconocer en un mismo restorán a los propios de los otros? Este es el look de un nativo: calculado negligé (están en casa), nunca vestido de domingo, zapatos buenos pero gastadísimos, mejor ojotas. Perro sin correa (es baqueano), de raza pero “hasta ahí” (nada ostentoso. Es más: queda re animalmente correcto tener un cuzquito). Dos perros: ¡jamás!, se sospecharía de un paseador. Computadora Laptop (preferible Mac) con programas flash (nunca tabla de cálculo excel), libros de Anagrama o Siruela (o en estos tiempos alcanza con que no sean fotocopias). Por el contrario, así luce un espía: quiere camuflarse y no le sale. Usa la moda de hace 10 días. Al menos si se fijara en el gasista que está trabajando en una “casa resignificada” de un arquitecto postconstructivista: el señor del gas lleva camperita original 70s alucinante que en la FeriaVintage (ropa usada en jerga palermícola) de la vuelta venden a $70, pero él no lo sabe.

¿Qué hacen los Palermícolas after brunch cuando la horda alienígena aluniza en el barrio? Se guardan al Palermo de madreselvas intramuros para reaparecer recién el lunes al mediodía. O directamente se las pican: huyen hacia la Boca (a Proa, por supuesto, que es la embajada palerma meridional), o a una isla en el Tigre (que es Palermo offshore) o al Malba (que es el country de los ricos con charme. La expresión es: “No me banco el smog, me escapo al Malba”).

El colmo del diseñismo es la casa de sepelios en la calle Malabia. Six feet Design Under debiera llamarse en honor a la serie de TV: sillones Le Corbusier, esterlicias, calas y otras flores chetas de tallo estirado. La semana pasada, unos palermígenas distraídos que ignoraron el mapa y se aventuraron por las suyas in terra incognita entraron y se sentaron en los sillones a esperar que los atendieran. Atribuyeron al sumun de la elegancia snob las caras amargas de lo que parecían otros comensales.