Listo lo más importante, el que se robó el protagonismo del reencuentro familiar: el chancho, así que empezamos a investigar cuál era la manera correcta de hacer un chancho al palo. La verdad que pensamos que era más sencillo y resultó ser harto complicado. Primero que necesitábamos de mucho carbón o leña; también, el tiempo requerido era algo impensado para nosotros, por ahí nos dijeron que mínimo ¡8 horas!, “¿Queee? ¿8 horas? Ni modo, ya nos habíamos hecho a la idea, y además ya teníamos el chancho, así que para adelante.
Llegó el día “D”....el día del chancho, nos fuimos bien temprano para Cieneguilla, por suerte nos llevaron el animal bien temprano como quedaron, y luego de ubicar un lugar indicado para asarlo empezamos la faena. Cabe mencionar que el espacio a utilizar debía ser lo suficientemente grande y alejado de cualquier material inflamable para no acabar incendiando la casa. Encendimos la leña, varios kilos, mientras en la cocina se iba limpiando y adobando el chanchito. Por suerte, nos conseguimos unos parantes de fierro que nos servirían para sostener al chancho a una distancia prudente del fuego y con una barra de acero y alambre ataríamos al chancho a éstos. La verdad es que es un poco complicado a menos que cuentes con todos los implementos necesarios ya que no querrás que tu chancho se te venga abajo encima de la fogata en plena preparación. Sumémosle a eso el calor. Estoy seguro que ese día bajé por lo menos 3 kilos de tanto sudar. Aparte que cogí un bronceado no se si del sol o del calor ardiente.
Una vez que ya estaba todo OK, el chancho bien amarrado, el fuego en su punto, empezamos a contarle el tiempo. “Ok primo, son las 9 y 30, una hora y le damos la vuelta”. Pasada la hora le dimos vuelta y parecía que no iba a estar nunca, no tenía ninguna señal de haberse siquiera cocinado un poco, pero bueno decidimos continuar, “así será pues”, me dijo mi primo. “Vamos a tomar desayuno”, y así buscamos matar el largo rato que nos esperaba. Empezó a llegar la gente como a las 11 y 30, ya para las 12 y 30 la casa estaba llena y se vivía un ambiente de fiesta, los hombres por un lado tomándose sus tragos, las mujeres por otro conversando y poniéndose al día de los últimos chismecitos, mientras que los chicos corrían por el jardín. Pasamos una tarde muy bonita, hasta que el hambre empezó a hacerse sentir. Uno a uno veíamos desfilar a los presentes alrededor del chancho con cara de “caníbal a punto de comerse al seminarista” y preguntando “¿y... a qué hora estará listo?”. Creo que ese día respondí esa pregunta al menos unas 197 veces. No faltó algún desesperadito que fue con tenedor y cuchillo en mano a quererle sacar algo de carne al chancho. “Paciencia”, “Ya falta poco” era lo único que atinábamos a decir, lo que ya sonaba a libreto aprendido tipo guía de turistas.
Ocho horas después y siendo más de las 5 de la tarde la mesa estaba puesta, los comensales sentados a la mesa, unos con cara de “por favor denme algo de comer”, otros con cara de pocos amigos. Ya se habían acabado las papitas, maníes, habitas, pasas, y cuanto piqueito se compró. El esposo de una prima al cual conocemos por ser bien glotón (ojo que no pongo nombre) empezó a comerse el arroz con frijoles, provocando la risa de todos. Eso distrajo un poco a la gente y nos quito un poco de presión a los que estábamos haciendo toda la chambaza.
Seis de la tarde y el sol –que ese día estuvo resplandeciente- ya se despedía, ¡....y sin haber almorzado! Hasta que por fin. El chancho ya estaba listo, “Listo” grité, se llevaron a calentar los frijoles y el arroz, mientras que bajábamos el ansiado chancho hacía la mesa donde lo trozaríamos. “Prende la luz que ya no veo nada” se oyó por ahí. “A ver pásate algo” dijo alguien, la escena parecía de noticiero, como cuando atropellan a alguien en la calle y toda la gente se amontona a ver, igualito.
Finalmente, vaaaaarias horas después, varios kilos de menos y con varias quemadas en el cuerpo encima, nos dispusimos a saborear el tan ansiado chanchito al palo.
Un silencio sepulcral en la mesa hacía evidente el hambre que teníamos todos. “Delicioso” dijo mi mamá, rompiendo el silencio, “gracias mamita” respondí, “no en serio, muy rico” comento alguien, y así los comentarios se fueron repitiendo a lo largo de la comida que de almuerzo familiar pasó a ser cena.
Si me preguntan si valió la pena, les diría sin pensarlo que SI. Pero luego pensaría un poco más a fondo y me acordaría de toda la chambaza y lo pensaría dos veces. O al menos no me ofrecería para prepararlo yo. Así que las probabilidades de que vuelva a comer un chancho al palo se reducirían enormemente. Afortunadamente, no se cómo es que llegó a mis oídos la “Caja China”. Un horno que funciona a carbón en el que se puede preparar un cerdo entero como el que preparamos ese día en menos de 4 horas. ¡Menos de la mitad del tiempo! Es así que me decidí a investigar mas al respecto, encontrando información de el supuesto inventor, un cubano residente en Miami que las fabrica y vende en los Estados Unidos. Viendo una de sus cajas chinas en vivo y en directo es que se me viene a la mente el fabricarlas yo mismo. Luego de adaptarla a las costumbres peruanas salimos al mercado con tres tamaños de Caja China, a las que hemos bautizado “La Caja China Criolla” y que se venden a través de internet en http://www.cajachinaperu.com .
Al hacer esto, nuestra intención es dar a conocer a todo aquel que alguna vez ha probado un chanchito asado, o que le gustaría hacerlo, que no necesita complicarse la vida para poder hacerlo. Con una Caja China no necesita de mucho espacio, tan solo una superficie plana y un área lo suficientemente ventilada y listo, en menos de 4 horas estarás disfrutando de un “chanchito al palo” en la comodidad de tu casa.
Lo bueno es que las posibilidades no se reducen a un chanchito, también puedes preparar pollo, pavo, pato, cabrito, cuy, etcétera, etcétera y etcétera. Tu imaginación es el límite. Las recetas las puedes conseguir tanto en nuestra web como en el resto de la internet.
¡Buen provecho!.

